viernes, 25 de octubre de 2013

TOMATES EN MI BALCÓN, I PARTE.


Hace más o menos un año, en mi última visita a mi abuela, sostuvimos una conversación, en la cual el tema principal fue el alza de la canasta básica en Panamá. Yo le planteaba que no entendía como en un lugar como Killeen, Texas (en la mitad de la nada), la docena de huevos estaba a $1.50, mientras que en Panamá está (e incluso más cara) a $2.40.
Mi abuela me mató cualquier argumento que pudiera decirle, al responderme que el problema era que nosotros los panameños éramos muy flojos. Le pregunté “Pero abuela, ¿Cómo usted va a decir eso de nosotros?”, y ella me respondió “lo que pasa es que no quieren sembrar”. Mi reacción ante tal respuesta fue preguntarle que cómo hacia una persona como yo, que vive en un departamento y no tiene manera de hacer un huerto en su casa, a lo cual me respondió “mi mamá sembraba ñames en macetas, así que no tienen excusas”.
Vámonos a los hechos.
Panamá es una tierra bendecida, en donde la semilla que toca el suelo germina. A menudo vemos en plantas de maíz en las cunetas de las carreteras, y hay árboles que crecen en simples grietas de edificios. Tenemos demasiada agua y sol durante gran parte del año y mucha tierra ociosa. Ahora la pregunta que yo me haría es ¿Por qué lo más caro de la canasta básica son los vegetales?
Además de esto, mi abuela, cuando nos visitaba en la casa de mi madre, solía tener un huerto de un metro cuadrado, en donde podías encontrar yuca, ajíes, etc., además de que el clásico culantro, elemento indispensable del sancocho y otras sopas, había que desherbarlo porque se regaba por todo el patio. Si yo crecí con esto, ¿por qué no tener mi propio huerto de macetas en casa?
Es increíble lo cara que se encuentra la fruta. En un país donde encuentras un árbol de papaya en cada acera, resulta que media papaya te cuesta hasta $1.25; además de  que, cuando mi familia y yo hacíamos visita a nuestros parientes en el interior del país, lo primero que nos daban era una bolsa para que cosecháramos todas clase de frutas de estación: ciruelas, marañones, mangos de varias clases, nance, grosella, cerezas, etc, etc, etc., asi que, cada vez que veo un precio como el de las papayas, me quiere dar un ataque al corazón.
Tristemente, en un país tan bendecido como este, resulta que lo que menos come la población son las hortalizas, y la razón principal de esto es el alto costo de los mismos; por lo general se ponen como adorno en el plato, cuyo rey principal es el arroz. Hago constar, yo como mucho arroz, pero es caro y engorda increíblemente, y podemos tener una alimentación mas nutritiva si una buena ensalada con al menos cinco tipos de hortalizas fuera lo principal.
Así que decidí probar.


Comencé buscando información en la red de cómo se puede hacer un pequeño vivero. Escogí tomates, porque me parecieron los más caros y en general porque se utiliza en muchas comidas: salsas, ensaladas,  tortas de huevo, sopas, etc., en general, viene con mi trío favorito, que también lo componen la cebolla y el pimentón.
Resulta que es algo sencillo, sacas las semillas del tomate con todo y su jugo, las dejas fermentando por alrededor de tres días, y luego las lavas en un colador, eliminando todo resto de jugo, para luego dejarlas secar por un día. Las semillas se harán grumos entre ellas, así que debes apartarlas con la mano.
Cuando ya están secas, puedes sembrarlas en el vivero, donde debes regarlas una vez al día, sin llegar a ahogarlas. A la semana vez el  milagro, y lo digo así, porque el primer brote de las semillas lo vi a las siete de la mañana de un domingo, y luego de hacer mis diligencias, regresé en la tarde y ya estaban todas brotadas.


Luego de esto, hay que esperar unas dos semanas para trasplantarlas, siempre regándolas una vez al día cuando no llueve. Cuando colocas cada matita individualmente, debes procurar separarle las raíces lo más delicadamente posible, pues deben ir con la mayor cantidad para que el trasplante tenga éxito. Esto lo aprendí por ensayo y error, porque yo, hasta esta experiencia no había podido sembrar absolutamente nada en mi casa, todo lo que sembrara, aunque fuera una flor ya germinada, se moría.
Hasta el momento, de sesenta y un plantas germinadas, tengo vivas unas cincuenta y ocho, pues se me han muerto unas tres. Que ¿Qué pretendo hacer con todas esas plantas?, pues regalarlas.
Hasta el momento he hablado con un par de amigas, con mis padres y hermanas, en una campaña de “adopta tu planta de tomate”.

Esto ha sido en broma y en serio, pero les he explicado mis razones y creo que ya la idea de que estoy loca se les ha ido un poco, pero pienso que tener aunque sea una planta alimenticia en nuestros hogares es una buena idea porque no solamente ahorramos “algo” en nuestra alimentación, también le enseñamos a nuestros hijos el valor de sembrar.
Alguno me dirá que no tiene tiempo, yo les digo que no se necesita mucho, en mi caso, en vez de echar las semillas del tomate a la basura, las coloqué en un recipiente (el tomate si se fue para la olla), lavar las semillas no me tomó ni cinco minutos, y sembrarlas, ni media hora. Regar las matas tomará alrededor de quince minutos diarios. Si posees al menos quince minutos diarios, creo que puedes hacerlo. Además, entretiene. Después de pasarte trabajando más de diez horas diarias entre el lunes y sábado, luego de todo el estrés de, en mi caso, estar dirigiendo personal labores diarias, hacer cuentas, llevar controles de obra, etc., etc., etc., te encuentras con una labor sencilla, que no tiene absolutamente nada que ver con tu trabajo, te distrae muchísimo.


No quiero ir en contra del productor ni mucho menos que el vendedor de frutas del mercado se vea afectado. Mi intensión es hacer conciencia de todo lo que podemos hacer en un pequeño espacio de nuestra casa, en donde haya mucho sol y agua, con un poco de tiempo al día.

lunes, 5 de agosto de 2013

El Mal de Candy Candy, V Parte.

Este es otro extracto de mi universo paralelo:

– Puedes pasar – me dice, al oír que toco la puerta. A pesar que debería ser todo lo contrario, es decir, que sea ella quien toque a mi puerta, pero no olvido que es mi tía, suficiente humillación tiene con que la haya citado a esta reunión.
Me siento frente a su despacho. Nos quedamos mirando fijamente largo rato. Su mirada pesa sobre mí como el yugo de los bueyes, pero no me puede importar eso ahora. El tema que vengo a tratar con ella es sumamente delicado. No puedo olvidar su edad y lo mal que ha estado últimamente, así me lo han reportado los doctores. No quiero causarle más disgustos, es el único recuerdo que me queda de mi padre, de mi hermana. Es la única persona que se ha preocupado por mí. Y a pesar de que siempre hemos discrepado en todo, lo único que tenemos en común es el cariño que nos tenemos.
– Y bien, ¿me vas a contar donde has estado todo este tiempo? – rompe el silencio. Su voz es firme, severa. Su mirada es inflexible y anhelante a un mismo tiempo. Deseo abrazarla, pero no sabría como hacerlo. No recuerdo la última vez que lo hice.
– Fui al África, ya sabes – le contesto finalmente. No soporto su mirada, así que me levanto del asiento y me dirijo a la ventana. El sol casi está al ponerse, resaltando hermosos destellos de naranjas, rosas y algunos violetas. La brisa es fresca y la aspiro lentamente.
– ¿Solo eso me dirás?, ¿Así vas a sofocar toda la preocupación que he tenido por ti todo este tiempo? – su tono de voz es glacial, severa, demandante, lastimada.
– No, no es todo – volteo para mirarla – hay mucho más que debo contarte. Lo primero que debes saber es que he padecido amnesia los últimos meses, y que ha habido alguien a quien tú conoces, que me ha estado cuidando todo este tiempo, sin saber realmente quien era yo – me acerco para sentarme a la silla. No voy a evadir más su mirada.
Esta es la parte que me incomoda. Aquella en la que quiero reclamarle. Puedo hacerlo, soy el heredero, el jefe de toda la familia. Ella ha cuestionado todas mis decisiones, incluso las ha echado por tierra, aprovechando mi ausencia. Pero soy su sobrino, el único recuerdo que tiene de su amado hermano, y de su adorado sobrino, a quien todavía llora.
– ¿Y cuál es el nombre, si se puede saber? – me pregunta.
– Te diré el nombre, pero primero te contaré todo lo que ella ha hecho por mí – le contesto gélidamente – sabes, yo la conozco desde hace ya muchos años, a pesar de que nunca le dije mi nombre completo. Siempre hemos tenido simpatía el uno por el otro. Nos hemos considerado como amigos el uno del otro – hago una pausa, tomo aire por la nariz. Sí, me estoy tomando mi tiempo. Quiero que lo asimile todo con suavidad.
– Ella me escribió por un asunto que me preocupó muchísimo, y fue por esa carta que hoy estoy aquí. Fue la razón por la cual decidí tomar mi puesto como la cabeza de la familia. ¿Ya tienes un indicio de quien es ella?
– No, no tengo la menor idea – me responde. Veo una gota de sudor perlando su apergaminada frente. Cierra los ojos y se levanta súbitamente, dándome la espalda. Pero no voy a detener mi relato ahora. Quiero esto, que se sienta incomoda.
– Traté de regresar por mis medios, de la misma manera en que me fui, pero tuve un accidente y perdí la memoria. Lo único que repetía era mi ciudad de origen, así que decidieron traerme aquí. Pero todo el mundo pensaba que era un espía. Nadie me trataba bien, como si fuera un despojo humano. Me dieron la peor habitación del hospital, y  de no ser por ella, me hubiera ido sin recobrar la memoria. Pero ella se opuso incluso al subdirector del hospital. Me dio hospedaje cuando me lo negaron en el hospital, aun sabiendo que eso le traería problemas, y de hecho, se los trajo. Pudo haber perdido su puesto de trabajo porque había decidido vivir con un hombre desconocido, que no era ni su hermano ni su esposo. Me dio techo y cuidados. Tuvo la paciencia y la dedicación para que yo sanara.
Su cara estaba pálida, inexpresiva, congelada en el tiempo.
– Si ella hubiera sabido quién era yo, hubiera estado aquí hace meses. Pero ella no lo sabía, y aun así me cuidó igual que si lo supiese.  Pero no es la razón que me trajo aquí, el contarte donde estuve o lo que hice. El motivo fue el que hizo que ella me buscara desesperadamente,  lo que la trajo a mí y que conociera mi verdadero nombre. ¿Sabes cuál fue la razón, tía?
– De todas maneras me la vas a decir, así que te escucho – vuelve a tomar su aire digno, dándome la espalda.
– Si, te lo diré. Me buscó por todos lados para implorarme que no la obligase a casar con una persona a quien odia con todo su corazón. Me dijo que tú le habías dicho que era orden mía. ¿Es eso cierto, tía?
– Si, así es. Me pareció lo correcto. Tú no te encontrabas y no iba a permitir que en un futuro se casara con un don nadie, y que nuestra fortuna pasara a manos de un perfecto desconocido, a lo mejor un pobre mendigo igual que ella – Su cara no muestra absoluto arrepentimiento ahora. Cree que era su deber.
– ¡Pero sabias que yo no lo permitiría! – Le respondo golpeando sonoramente el escritorio frente a ella – ¡Sabias que estaba mal!
– ¡Yo tengo que velar por el bienestar de la familia, además, tú la dejaste a mi cargo! – me responde en el mismo tono, golpeando también el escritorio. Me contengo. Tomo aire sin dejar de mirarla fijamente.
– Hace mucho que no te ocupas de ella, muy por el contrario, la has desconocido y permitido que hagan con ella lo que quieran. Incluso, dejaste que dieran la orden para que le prohibieran trabajar en la ciudad – le digo, ahora más tranquilo.
– Ella tiene la culpa, ¿sabes que dejó el colegio al que la enviaste, manchando nuestro buen nombre?, y antes de ello, la sorprendieron encontrándose con un joven en un establo. Esto es algo que no podía tolerar.
– ¿Y sabes por qué ocurrió todo ello?, ¿le permitiste a ella explicarse?
– Ella se fue del colegio, y decidió dejar nuestro nombre.
– Porque nuestra familia le ha hecho la vida miserable, y sabes de quienes hablo. Incluso, de no ser por mí, hoy estaría viviendo en México, y todo por una trampa que le pusieron.
– Te recuerdo que yo estuve allí cuando descubrieron las joyas en su maleta.
– ¿Te consta que ella tomó las joyas y las colocó en su maleta?
– ¡Me basta con lo que vi! – su tono es de indignación. No va a ceder en su error.
– A mí me basta con lo que ella ha hecho por mí para juzgarla – bajo nuevamente mi tono – y debería bastarte mi palabra para creerme – me vuelvo a sentar, entrecruzando mis brazos. Se nota cansada. Mira fijamente sus manos, luego las relaja a cada uno de sus costados, en señal de rendición.
– Eso se lo tengo que agradecer – dice finalmente.
– Como comprenderás, como mi hija adoptiva, debo velar por su bienestar, y debo pedirte que te retractes en tu decisión de que se case – le solicito – te lo pido como tu sobrino, no como la cabeza de la familia – su cara está serena, pero no me responde. Puedo escuchar sus pensamientos. No es fácil para ella retractarse de una decisión. No sabe cómo se hace.
– Lo haré. – me responde finalmente.
– Sabría que lo entenderías, gracias – le contesto, sonriéndole levemente.
– ¿Qué harás con ella? – Me pregunta luego de un largo instante. La miro fijamente. No puedo creer que todavía piense en echarla de la familia. No sabiendo que tiene mi total apoyo – no me malentiendas – se aclara inmediatamente – pero  no tiene los modales de una dama y no se comporta como tal. No puedo negar que es una chica de buenos sentimientos, pero su forma de actuar daña nuestra reputación. Además, ella no quiere ser más tu hija adoptiva, ya te lo ha expresado así, según me ha contado ella misma.

– Y yo no deseo que sea mi hija adoptiva por más tiempo, pero esa es una decisión que no te va a agradar.

jueves, 1 de agosto de 2013

El Mal de Candy Candy, IV Parte

No quería terminar la serie El Mal de Candy Candy, sin hacer un pequeño cuento inspirado en la serie, y creo que es algo que pudo haber pasado. Espero que les guste.




– Hola – me dice una conocida voz, y mi corazón se sobresalta. Se suponía que debía ver a alguien por él que mi mente divaga todo el tiempo. Otro hombre con el que quiero compartir el resto de mi existencia, en su lugar me encuentro frente al pasado.
– Hola – le respondo simplemente, al tiempo que le regalo una ligera sonrisa. Después de todo, se supone que seguimos siendo amigos. Nunca nos peleamos, simplemente nuestras vidas se vieron forzadas a tomar rumbos diferentes.
– Estaba dando una vuelta por aquí y te vi, así que decidí pasar a saludarte – me aclara, mientras toma asiento, haciéndole una seña al mesero para que le traiga lo mismo que estoy tomando, un café y tostadas con mermelada – me sorprende verte, creí que seguías trabajando en el hospital.
– No, ya lo dejé – le contesto – me despidieron, así que  decidí tomarme un descanso largo antes de tomar un nuevo empleo. Y tú ¿cómo estás? ¿Sigues con la compañía de teatro?
– No, terminé la temporada con la obra y luego los dejé, preferí regresarme a mi país – me responde, al tiempo que me mira fijamente – tenía muchas cosas en qué reflexionar.
Le doy un sorbo a mi café y muerdo la tostada. No quiero responderle a la pregunta que no ha formulado. Se ve radiante y sigue siendo igual de guapo, incluso más. Su cercanía me hace rememorar aquel tiempo que estuvimos juntos, en el que solo existíamos él y yo. Pero es solo un lindo pasado, parte de mi juventud. Yo no soy ya la misma y el tampoco. No puedo echar el tiempo atrás ni quiero. Sería negarme a mi felicidad presente.
– Sabes – prosigue – mi padre fue un día a verme, quería que regresara, me contó que hablaste con él antes de marcharte. Pensé que se opondría a mi matrimonio con Susana, pero muy por el contrario, me alentó a que lo hiciera. Me dijo que estaba muy orgulloso de mi, y que no cometería el mismo error que sus padres cometieron con él. Eso te lo debo a ti, el que me reconciliara con mi padre, quiero decir.
– Me alegra saber eso – le indico – cuando te fuiste, el intentó retirar su ayuda, así que decidí hablar con él.
– Si, ya me contó como fue el asunto – se ríe – no me extrañó cuando me dio los detalles – eso me hace sonrojar – esas son las cosas que me gustan de ti.
Pone su mano encima de la mía, acariciándola, luego, cuando observa que lo estoy mirando, la retira de inmediato. Da un largo suspiro y desvía la mirada. Es evidente que aún se le olvida como están las cosas.
– Lo siento – me responde, cuando gira nuevamente para verme – el caso es que ahora está tratando de restablecer la línea de sucesión, para que sea el Duke a su muerte. Le está trayendo problemas con su esposa, incluso ella ha movido un par de influencias, pero mi padre ha sido firme en esto. Dice que me lo debe, por todo el tiempo que no pasó a mi lado. Le he dicho que yo ya he encontrado mi camino, pero no le importa. El punto es que Susana y yo nos encontramos aquí. Mi padre quiere que la boda sea con todos los honores de su rango.
– ¿Y qué piensa Susana? – le inquiero.
– Está empecinada en que no quiere obligarme, pero no para de decir que me ama. Quiere que todo sea por amor y no por su condición. Pero todos sabemos que no podemos volver el tiempo atrás, ¿no es verdad?, de ser así yo solamente querría una cosa.
Ahora la que desvía la vista soy yo. No quiero verle a la cara, ni encontrarme con esos ojos azules que otrora me perdían. Ahora ya no. Y ese es el verdadero problema. No quiero sentir sus ilusiones romperse cual cristal.
– Mi vida es muy complicada ahora – se limita a decir – pero no puedo esperar a que nadie espere por mí. Cada quien debe forjarse su felicidad, y yo te deseo la mayor de todas – el roce de su mano me vuelve a sobresaltar – quiero que sepas – me dice, mientras me mira a los ojos – que desde que nos separamos, no ha habido un minuto en que no desee que seas feliz, y no me refiero a Nueva York, estoy hablando del colegio. Lo que hice fue por ti. Siempre tuve la esperanza de que estuviéramos juntos, pero sé que no es posible. Ahora lo sé.
Retira su mano y vuelve a suspirar. Sus ojos están tristes, se ve desconsolado, pero sus labios hablan de todo menos de ese dolor que refleja su mirada.
– Sé con quién estás, y no hay otra persona con la que me gustaría que pases el resto de tus días. No hay nadie que te haría más feliz. Te deseo lo mejor y espero que cuando nos encontremos en el futuro nos podamos reír de todo esto.
Y se levanta para irse corriendo.

– ¡Espera! – le grito, pero ya es muy tarde, se ha alejado de mi.

miércoles, 31 de julio de 2013

El Mal de Candy Candy, III Parte

Como dije antes, uno de los puntos más controversiales, y que ha generado hasta páginas webs y blogs alrededor del mundo, es la frustración por el final de la serie, todo debido a la disputa de sus autoras.
Mucho se ha dicho referente a con quién debió haberse quedado Candy, y podría decir que el 99% de las fans hubiera adorado que Candy se quedase con Terry, y no con la “aparecida” de Susana Marlowe, quien no tenía nada que ver con la historia. Sin embargo, viendo la historia ahora de adulta, y si no la hubiese visto de niña, me quedaría con Albert.
Recientemente, me puse a buscar en internet, pues una de las autoras, Keiko Nagita, sacó una serie de novelas referente a la serie, y resulta ser que en el último libro, Candy ya tiene pareja, pero no menciona su nombre, simplemente le da el nombre de “Anohito“,  que se traduce como “esa persona”. Si, la incógnita continúa.
Y, mientras traducen las novelas al español, que espero que sea pronto, me puse a buscar las cualidades más destacables para “un buen partido”, que vendría siendo lo que toda mujer de la época estaría buscando para compartir su vida. Las puse en una lista y a continuación, califiqué tanto a Terry como a Albert. Quiero manifestar de que, a pesar de que yo misma hice la lista, sigo teniendo sentimientos encontrados, pues me gustan ambos para Candy.

A continuación se las presento:


miércoles, 24 de julio de 2013

El mal de Candy Candy, II Parte



Creo que una de las partes más controversiales de la serie Candy Candy, siempre ha sido su final, pues siempre quedó muy abierto, en donde Candy conoce a su padre adoptivo, después de haber perdido a su gran amor, y vuelve a la colina de Pony para descansar.
He encontrado numerosas páginas web y blogs dedicados a esta serie, e incluso, algunas películas subidas a you tube, donde le dan innumerables interpretaciones, por ejemplo, que Susana Marlow muere y Terry busca a Candy para casarse con ella y tener dos hijos.
En este sentido, pienso que la historia sugiere que al final Candy se queda con Albert, pero es un final tan fuerte para niños, que simplemente lo omitieron. Lo baso en que el propio Albert le propone a Candy antes de irse, que sean mucho mas amigos, además de la profunda relación que crece entre ellos, y la dependencia que se crea entre los dos luego de la ruptura de Candy con Terry, y de la admiración que Albert siente por Candy, a pesar de que no la recuerda.
Este final seria muy parecido a la historia de Papaíto Piernas Largas, de Jean Webster publicada en 1912; en donde la protagonista, Jerusha Abbot, queda perdidamente enamorada de su protector, Jervis Pedlenton, a quien, igual que Candy con Albert, Jerusha no conoce. Similar que Candy, Jerusha sufre mucho en su niñez, y tiene un benefactor misterioso, quien le paga la universidad.
A diferencia del concepto general, y después de meditarlo un poco, dejaría la historia tal y como está. Decir que Candy ya no iba a sufrir más, que sería feliz al lado de su gran amor Terry, que tendría muchos hijos, sería una gran falacia; seria como quitarle parte de la esencia del personaje, o, ¿alguien se atrevería a decir que Candy dejaría su vida de aventuras y amor desinteresado para los demás, para dedicarse a ser una millonaria sedentaria, o una maestra de orfanato, o madre y esposa abnegada?
Quiero creer que aprovecharía su condición de Ardley para ayudar a los que más la necesitaban, como la gran enfermera que era. Si se casaba o no era muy pronto para decirlo, pues debía tener unos 17 años cuando finalizó la serie, lo que en mi concepto diría que era muy joven para ello, sin embargo en aquella época, era algo normal.
Quiero creer que la tía abuela Elroy, luego de darse cuenta todos los cuidados que Candy le prodigó a Albert mientras estuvo enfermo, se disculpó con ella y fue una de sus preferidas. También me gustaría pensar que Eliza se casó con un magnate millonario que se la llevó lejos, que la hizo muy feliz y la hizo olvidar toda esa amargura en la que vivía. Y que Niel también se encontró a otro magnate millonario, del cual se enamoró perdidamente, sacándolo finalmente del closet.
No puedo pensar en la suerte de Terry, quizás se casó con Susana, quizás Susana se mató finalmente, a lo mejor hizo como dijo y se fue a Londres y cumplió sus deberes como futuro Duke de Grandchester. Habría que preguntarle a la autora esto. Lo cierto es que no me lo imagino como pareja de Candy.

A fin de cuentas, la vida es el cúmulo de experiencias vividas, y estas no terminan en un punto determinado, sino que duran mientras nuestra existencia permanezca en este mundo.

El mal de Candy Candy, I Parte



Recientemente estuve conversando con mis compañeros de trabajo, los cuales son españoles, acerca de series infantiles de televisión que marcaron la vida de muchos chicos. Surgieron nombres como Marco, Heidy, Remi, y llegamos a la conclusión de que la historia que ha impactado a millones de infantes a lo largo de todos los tiempos, y que además ha sido un fenómeno televisivo a lo largo de toda Latinoamérica, es sin duda Candy Candy. La niña huérfana que con su sonrisa y actitud positiva ante la vida, logra superar cada obstáculo en su camino.
La historia está basada, según investigué, en el personaje de Anne Shirley, de Anne de Green Gables, una serie de novelas escritas por Lucy Maud Montgomery, iniciando en 1908; serie de novelas que debo confesar, solamente vi la serie televisiva.
Creo que lo que más sobresalta en toda la historia es la fortaleza de espíritu de Candis White, quien fue encontrada un día de nieve en un orfanato, y que decide, desde muy pequeña, no ser adoptada, pero que tras la pérdida de su mejor amiga y de la visita de un misterioso príncipe, decide ir a la casa de la familia de los Leagan. Y allí comienzan sus aventuras.
La moraleja de toda la historia es que uno debe superar todo obstáculo en la vida, mostrarle la mejor sonrisa que tengamos, a pesar de que ella nos de la espalda y ser fiel a tus principios en todo momento, siendo nuestras acciones consecuentes con ellos.

Pero no es de la parte obvia de la serie de lo que me gustaría señalar, sino de todos los conceptos errados que podemos sacar en conclusión viéndola, puesto que son tantos, que una persona de tierna edad puede crecer con estos, llegando a considerarlos como hechos de la vida. Hay que tener mucho cuidado y no confundirse, por lo que pienso que es mi obligación enumerarlos. A continuación algunos:
Ø  A la gente buena siempre le pasan cosas malas.
Ø  La gente mala tiene mucho dinero.
Ø  Se puede pasar llorando 115 capítulos completos.
Ø  A la gente buena le encanta vivir sufriendo.
Ø  Entre más te digan que no llores, mas debes llorar.
Ø  La gente que dice que no llora, es la que más lo hace.
Ø  Si eres buena y huérfana, todo el mundo querrá adoptarte.
Ø  Si eres buena y huérfana, todo el mundo se enamorará de ti.
Ø  Te puedes salir con la tuya si eres mala.
Ø  La gente buena es ingenua y tonta.
Ø  La gente buena es torpe.
Ø  La gente buena intercede siempre por los malvados.
Ø  La gente mala vive para hacerle la vida de cuadritos a la gente buena.
Ø  La gente buena siempre se mete en lo que no le importa.
Ø  Los chicos que cultivan rosas se mueren.
Ø  Los chicos guapos, caballerosos y de buena familia te abandonan.
Ø  Con el primer beso se recibe la primera cachetada.
Ø  Si te enamoras de alguien, te pueden mandar a México.
Ø  Si te enamoras de alguien, te pueden expulsar del colegio.
Ø  Las maletas duran toda la vida.
Ø  Las maletas son mágicas, les cabe todo un ropero.
Ø  Si eres bueno, toda la gente con problemas se te acercará para que las ayudes.
Ø  Todos los hombres son llorones.
Ø  Le puedes romper el corazón a tu mascota.
Ø  El rosado cae con todo.
Ø  Tus enemigas se enamoraran de tus novios.
Ø  Tus amigas te quitarán tus pretendientes.
Ø  Las mejores amigas son egoístas, envidiosas y cobardes.
Ø  Al final, tus novios se quedaran con una perfecta desconocida.
Ø  Los tipos que más te odian te pedirán matrimonio.
Ø  Al final, el mejor partido resulta ser tu padre adoptivo.
Ø  Al final, tu primer amor resulta ser tu padre adoptivo.
Ø  Los enfermos pueden vivir eternamente en el hospital.
Ø  Si tu paciente millonario, al que cuidaste con tanto esmero, muere, te va a heredar su mascota.
Ø  Se puede subir a todos los árboles con los zapatos más incómodos que puedan existir.
Ø  Las madres biológicas son, o malvadas millonarias, o pobres bondadosas, o actrices divorciadas, o borrachas desobligadas, o prófugas asesinas.
Ø  Si rescatas a los malvados, se enamoran de ti.
Ø  Se puede vivir sola con un hombre guapo, siendo solamente amigos.
Ø  Si eres huérfano, debes ser adoptado para poder crecer, de lo contrario seguirás siendo niño el resto de la serie.
Ø  Tus mascotas pueden ser súper inteligentes, y te salvarán del peligro.

Si me ha faltado algún otro concepto errado, agradezco sus comentarios.

martes, 16 de julio de 2013

CUESTA ABAJO: Capitulo Dos.



Don Migo solo tenía un objetivo, pasar el resto de su vida compartiendo con su familia. No se le podía culpar, se la pasó la mayor parte de su existencia trabajando. Ahora solamente quería pasarla al lado de su mujer, sus hijos y sus nietos. Pero tenía un gran inconveniente, sus hijos y nietos se encontraban muy lejos, en otro país.
Es por ello que Don Migo, a pesar de estar gozando de las mieles de su jubilación aún trabajaba, bueno, se decía constantemente, si a eso se le podía llamar mieles,  pues a veces resultaba un poco amarga. Su pensión a penas cubría la tercera parte de lo que otrora fuera su salario. Y es que lo largo de su carrera, Don Migo ocupó varios cargos ejecutivos, subió la gran escalera laboral hasta la cúspide, incluso llegó a ocupar algunos cargos gubernamentales. Su hoja de vida era uno de las más laureadas dentro de la empresa donde laboraba, y, a pesar de todo, era querido y apreciado; y todo eso trajo como consecuencia grandes dividendos salariales.
Con ello logró cosas importantes, su casa estaba ubicada en el centro de la ciudad, con los más finos acabados. Sus hijos habían estudiado en los mejores colegios, y ambos lograron estudiar en el extranjero, donde consiguieron plazas de trabajo y se pudieron establecer.
Ahora Don Migo y su esposa tenían el nido vacío, y solamente ansiaban aquel viaje anual, donde toda la familia se reunía para realizar un paseo por varios lugares. Este viaje se planificaba casi desde que acababa el último y participaban todos los miembros del clan, su clan, desde la manera de transportarse, las paradas que harían, los lugares que visitarían, e incluso, las nietas más coquetas se encargaban de escoger el vestuario que llevarían. Era todo un acontecimiento. Don Migo vivía para este paseo.
– ¡Pero cómo se atrevió! – se escuchaba una voz en el cubículo de al lado.
– ¡Shhh!, ¡Te está escuchando! – decía otra voz entre susurros.
– Ok, Ok – respondía mas queda la primera voz – mejor vamos al comedor.
Las voces se acallaron, pero las siguieron ruidos de unos pasos que se acercaban a la puerta del gran salón, donde estaban los innumerables cubículos.
– Ehhh… hola Don Migo – decía Linda, la secretaria, o mejor dicho, la asistente administrativa. A su lado Marcia solamente levantó la vista para dedicarle una sonrisa tímida a Don Migo, a manera de saludo. Ambas se escabulleron rápidamente por la puerta, y por el gran ventanal se veía hacia donde se dirigían, hacia el lugar donde se cocinaban todo el cotilleo, el comedor.
Don Migo ignoró el episodio. Tenía cosas más importantes que hacer, sacar las pertenencias de su vieja cajeta y colocarlas en orden para organizar su nuevo cubículo.
Hace un par de meses gozaba de una oficina propia dentro da la división, una contigua al jefe del departamento. Ahora, al regresar de restablecer el orden en una de las sucursales más cercanas a la casa matriz, resultaba que su oficina se encontraba ocupada por quien ocupaba su antiguo puesto. “Hay que darle paso a los jóvenes”, se decía constantemente por toda respuesta a los constantes cuestionamientos de sus compañeros más cercanos.
Hubo un tiempo que esas cosas importaban, pero ya no.
No era la primera vez que esto le ocurría, hace siete años había pasado algo similar, justamente en la sucursal de la que ahora regresaba. Una persona, la misma que ahora ocupaba su oficina, intentaba despojarlo de su puesto como gerente.
Y lo logró.
Y ahora hacia lo mismo. Exactamente lo mismo.
Era del tipo de personas que no le importaba lo que hubiera que hacer con tal de lograr sus objetivos.
Y eso fue lo que hizo la primera vez. Buscó los secretos más escondidos dentro de la sucursal para dejar a Don Migo en evidencia. Poco a poco le fue restando autoridad delante del dueño de la empresa, quitándole poderes como la firma de contratos, los clientes más importantes, sus colabores más valiosos. Todas y cada una de sus funciones fueron eliminadas de su poder, hasta relegarlo al peor de los proyectos que en ese momento se desarrollaban. Al final aquella persona se quedó con su oficina y su puesto de trabajo.
Lo único que lo salvó aquella vez de ser despedido de la organización, fueron los lazos de amistad con la familia del dueño de la empresa, con su madre y su difunto padre, y el recordarle de vez en cuando a su superior, que Don Migo lo había cargado en sus rodillas cuando era un bebé.
Y eso era lo que lo mantenía aún en la compañía.
Solo los años de amistad y el recuerdo. El cariño inapreciable que se había ganado durante tanto tiempo, no solo con las grandes cabezas, sino por todo el mundo. Las glorias pasadas de cuando se erigía la compañía. Él, Don Migo, quien ahora ocupaba un pequeño cubículo dentro de un departamento de la empresa, había ganado mercados y hecho el nombre de la compañía, hasta convertirla, junto con unos pocos que ahora sobrevivían, en el gran estandarte que era ahora.
Resultaba que eso no era suficiente para algunos.
“¡Ahhh!”, se decía para sí de vez en cuando, “si me pagan lo mismo, qué tanto me importa dónde me siente, o cuáles sean mis funciones ahora”.
En el fondo no se sentía mal. “Le enseñé bien” pensaba, con un orgullo amargado. Después de todo, quien ocupaba su puesto ahora fue su aprendiz. Mucho de los conocimientos que ahora tenía en su experiencia laboral, Don Migo se los había traspasado. Pero no fue eso lo que le hizo subir, más bien fue lo que no le enseñó. La ambición desmedida combinada con un ligero deseo de venganza.
Sonó el timbre de su teléfono celular y lo contestó.
– Si mi amor, voy a llegar a casa antes de las doce, como me pediste – respondió antes de escuchar la voz al otro lado del auricular.
– Pero no es eso lo que te voy a decir – le indicó su mujer.
– No, bueno a ver, dime – le dijo, poniendo los ojos en blanco, mientras se le dibujaba una ligera sonrisa.
– Era para decirte que no trajeras nada del mandado, hoy vamos a comer fuera – fue su respuesta – luego me dejas en el centro comercial.
– Ok, ok cariño, a ver si esta vez te acuerdas de mí, y me compras aunque sea una gorra – contestó con una ligera carcajada.
– Ah, perfecto, así me ahorras el comprarte aquella camisa que pensaba buscarte – le dijo, también riéndose – es broma – aclaró – por favor, no tardes.
– Esta bien cielo – le dijo y luego colgó.
Ya llevaba la mitad de la caja vacía. “¿Y qué más da si termino esto ahora o más tarde?”, se preguntó, y era cierto, después de todo, tampoco es que sus nuevas funciones requirieran todo el día.
Tomó la caja, la colocó encima del escritorio de su pequeño cubículo, y la dejó allí entre abierta.
– Linda, debo salir un poco más temprano, dile a Salvador que demoro un poco – le dijo a la asistente.
– Sí, claro – le respondió, y acto seguido, tomó por la misma puerta por la que un instante atrás habrían regresado esta y Marcia.


viernes, 12 de julio de 2013

CUESTA ABAJO: Capitulo Uno.




– ¡Y lo quiero para mañana! – Le dijo, con el tono más déspota que le había escuchado en todos los años que tenía de conocerlo. Siempre había oído hablar a otras personas de la manera tan despiadada de tratar a sus empleados, incluso ella lo había experimentado en carne propia, pero jamás en la manera que lo hizo el día de hoy, como si fuera una novata que no conociera su trabajo, como si jamás le hubiese demostrado con hechos, lo eficiente y eficaz que resultaba en su desempeño, como si no la conociera – y cierra la puerta cuando salgas – le ordenó finalmente, luego, dirigió nuevamente la mirada al ordenador, como si, un minuto atrás, hubiera estado haciendo exactamente lo mismo.
Era decepcionante. Diez años de trabajo continuo, de incesantes esfuerzos y sacrificios por demostrar todo lo que valía, dejando tantas cosas atrás. Había tomado retos, horas de trabajo incansable por lograr sus metas. Había perdido un matrimonio, mientras desempeñaba su labor, incluso una vez tuvo que dejar a sus hijos al cuidado de otros, pues su trabajo le exigía cada vez más tiempo. Había resuelto todos los problemas y retos impuestos, todo en aras de dejar a la empresa en alto, pues creía en ella y en sus ideales.
Y ahora resultaba que era puesta a prueba, otra vez, pero como si fuera una total desconocida. Como si no hubieran pasado diez años desde la firma de su contrato.
– ¿Qué te dijo? – le preguntó Linda, la única amiga que le quedaba.
– Que tengo que sustentarle para el día de mañana mis funciones, a ver si amerita mantenerlo dentro de la organización – le respondió con un dejo de tristeza en su voz.
– ¿A ti también te están persiguiendo? – le preguntó mas para sí, que para ser respondida – pensé que solo nos pasaba a los de puestos inferiores, nunca a una alta ejecutiva como tú.
– Ya ves que nadie está seguro en su cargo actualmente – le contestó, pero no quiso continuar con la conversación, como era habitual en el departamento, y en la empresa en general, luego de que un acontecimiento como este ocurriera. Hoy no estaba de humor, sentía como el mundo se le venía encima. Había gente más importante con la que debía conversar, su familia y su nuevo esposo.
Pero, ¿cómo se los diría? ¿Con qué cara le comunicaría a su consorte, quien tenía un salario inferior al de ella, que su trabajo estaba puesto en la balanza, y que podía perderlo?
Respiró profundo.
“De seguro tengo de aquí hasta el final de la jornada, para que se me ocurra algo”, se dijo.
Decidió poner sus ideas en claro. Se sentó en su cubículo, de cara al ordenador, para enlistar todas sus funciones. Era molesto para ella tener que escribir algo que era obvio para todo el que trabajaba en la empresa, incluyendo a los clientes. ¿Qué debía poner en el aquel archivo? ¿Escribir todas y cada una de sus labores diarias, semanales y mensuales, o simplemente, encasillarlas en un solo reglón: “Encargada de vigilar la calidad del producto final de la empresa a nivel nacional”?
Era humillante, pero sabía que la labor estaba destinada a quebrantarle el espíritu.
Esa era la idea.
Y no se dejaría vencer.
No por una labor como esta.
La semana anterior le habían pedido que realizara un reto, escribir un manual instructivo para un nuevo proyecto. No era una labor inusual de su puesto, pero esta vez, querían que lo escribiera en francés, lengua que muy pocos dominaban en la empresa, acaso dos o tres. Pero la aceptó, y estaba en ello. Ya lo había escrito en su lengua madre, solo era cuestión de pasarlo una y otra vez por los traductores, de manera que siempre tuviera el mismo sentido en ambos idiomas. Esta no sería la causa de una mala calificación en su evaluación anual. Lo lograría sin mayor percance.
Pero con esta pequeñísima tarea, que le tiraba un balde de agua helada al rostro, despertándola de su sueño en su cama de laureles, la hacía sentir desnuda en un foro romano.
No dudó más. Puso los dedos encima del teclado y escribió.
“Tarea 1: Supervisión de los departamentos de calidad en las sucursales a lo largo del país”, colocó en el primer reglón. Le recordó sus inicios en la empresa, cuando era una novata y su diploma todavía tenía la tinta fresca. Ya se había casado y su primer hijo había nacido. Su primer esposo, técnico en preparación de alimentos, estaba desempleado y necesitaban desesperadamente una fuente de ingresos. Esta era una gran oportunidad para ella, pues entraba dentro de una de las organizaciones más importantes al servicio de su carrera. Era un sueño hecho realidad.
La paga era poca, pues a penas estaba en el primer peldaño, supervisora de pruebas de calidad. El trabajo era tedioso. Debía hacer las pruebas y darle interpretación. También debía ser la portadora de malas noticias a sus superiores, cuando se debía rechazar todo un lote de mercancía, pues no cumplía los estándares. A menudo tuvo muchos altercados con estos, pero su compromiso era con la empresa, no con sus jefes. Su departamento era el encargado de ofrecer un excelente producto a sus clientes, y si su jefe inmediato no estaba de acuerdo, debía hacerlo entrar en razón, o de lo contrario, hacer valer su puesto.
“Tarea 2: Realizar inspecciones mensuales a cada sucursal de la empresa”, era el siguiente punto dentro de sus funciones. A la mente le llegaron los recuerdos de cuando tuvo que emigrar al centro del país, teniendo que dejar atrás a su familia. Ya había nacido su segundo hijo, y su esposo veía con malos ojos aquel puesto.
Si, la paga era mejor, pero no le gustaba la idea de tener que cuidar él solo de los pequeños, y para ser sinceros, ella no confiaba en que el podría lograrlo. Había cierta dejadez en su marido que la hacía dudar.
Pero lo necesitaban.
Su consorte no tenía un trabajo estable, y ella había conseguido ascender a jefa del departamento de aquella sucursal. Sus meritos habían logrado que la subieran de puesto, y el no aceptar significaba perder una oportunidad de oro. Debía aceptar el reto, total, se decía a sí misma, no sería por mucho tiempo, solo hasta que su esposo encontrara algo mejor.
Pero, mientras recibía toda clase de elogios por su gran desempeño a nivel laboral, su familia se deterioró.
“Tarea 3: Velar por que se cumplan con todos los manuales instructivos, y el plan de pruebas establecido para cada sucursal”.
Y cuando su familia se vio cuesta abajo, no dudó en volver a su hogar. Pidió la renuncia, pero no se lo aceptaron. En su lugar, aquella persona de la cual le tocó hace poco salir de su despacho, había ido personalmente a ofrecerle una plaza de trabajo en una sucursal nueva. En un mercado totalmente inexplorado.
Otro nuevo reto en su carrera, y su familia estaría unida de nuevo.
La sucursal tuvo tanto auge, que las jornadas laborales se extendían a casi doce horas por día. Todos los días. Debían hacer pruebas a toda hora, y ella debía supervisarlas, por lo que, estando tan cerca de su hogar, resultaba que nunca veía a su familia despierta. Siempre salía de madrugada y regresaba a altas horas de la noche.
Su matrimonio se desmoronó. La palabra divorcio era tema de todos los días, y un buen día encontró una nota de su marido, puesta sobre uno de los magnetos del refrigerador, uno que su hijo menor había hecho para su tarea del jardín de niños. En ella se podía leer una sola línea “Espero que eso que has escogido, te dure para toda la vida”.
Las palabras ahora le pesaban como las cadenas de Jacob Marley, de Cuento de Navidad.
“Tarea 4: Supervisión de informes mensuales de control de la calidad del producto a los clientes”.
De todo esto, ya había pasado algún tiempo. Una vez en la capital, donde residían sus hijos, logró ser enviada a una sucursal menos extenuante, pero igual de exigente. Encontró el balance entre trabajo y familia. No descuidó ninguna de las dos cosas.
Pero a nivel personal se sentía sola.
Un buen día, en una de aquella tantas tardes de domingo en las cuales, ahora, solía pasar con sus hijos, para pasar la calidad de tiempo que su familia quería, su hijo menor se encontró a otro compañero de juegos, que lo había empujado por el tobogán “con muy malas intensiones”, decía con gran énfasis en sus palabras. Quería que su madre fuera hasta donde el padre de este, para que le admitiera su culpa y le pidiera perdón “por haber obrado tan mal”.
Ella, al escuchar la indignación de su vástago, procedió a hacer lo solicitado.
Fue amor a primera vista, recordaba. Aquel hombre era realmente guapo, pero no eran sus ojos azules, combinado con el color de su pelo negro azabache, lo que atrajo su mirada. Fue la manera de decir “mil perdones”, lo que hizo al mundo dar vueltas alrededor de ella.
De Ricardo, como le dijo al presentarse, emanaba un aura de paz que no sabía cómo explicar. Él le indicó que a veces su hijo se comportaba así, sobre todo después de la muerte de su madre, hace dos años.
Se casaron. No supo por qué motivo, si por la soledad de ambos, o simplemente porque encontraron la parte que les faltaba en el otro.
Estaba feliz y su hijos también.
“Tarea 5: Ser el enlace de calidad entre el cliente y la empresa”.
Y fue cuando le propusieron su puesto actual. Había otras opciones, personas que, al igual que ella, habían dado el todo por el todo por la compañía, pero ella fue la primera a la que se lo propusieron.
De eso hace dos años. La organización había conseguido reconocimientos gracias a su gestión. Los clientes recurrían a la empresa, debido a la imagen que ella daba de esta.
Y ahora esto.
Terminó su lista y la imprimió. La repasó y desarrolló en su mente cada argumento por tarea, lo que le dio valor.
Se sentía valiosa, no importaba qué pensaban los demás, incluyendo al dueño en persona. Sabía que si tenía que empezar de nuevo en otro lugar lo lograría.
No, la empresa no había creado lo que ella era ahora, si no cada logro que ella había conseguido para la empresa. La empresa era grande por gente como ella.

Decidió llamar a su esposo. Era momento de darle la noticia.